"Bodegón con cerámica, flores y frutas", 1890, Sorolla

Cada inicio de mes, en BlueSky, se repite una escena conocida. Alguna cuenta institucional o de un medio de comunicación comparte cifras récord de empleo o crecimiento. La respuesta inmediata suele ser cínica: ¿de qué sirve si no puedes pagar un alquiler?, ¿qué importa el PIB si la cesta de la compra aprieta?, ¿para quién es este crecimiento? Como prometí, voy a intentar escribir algo al respecto.

En primer lugar: la reacción es comprensible. El acceso a bienes básicos (vivienda, energía, cuidados) sigue siendo un cuello de botella central. Pero hay algo más profundo en juego. Uno de los grandes problemas de esta legislatura es precisamente la incapacidad de la izquierda para reclamar políticamente la herencia de lo que ya se ha conseguido.

Porque esa herencia existe. Y es rica.

El PSOE, por su parte, parece instalado en una lógica clásica de bipartidismo: hablarle a un electorado estático con el viejo catecismo socialdemócrata “años 90”. Alto empleo, crecimiento del PIB, estabilidad macroeconómica. La idea implícita es sencilla: si la economía va “bien”, eso debería traducirse casi mecánicamente en revalidación electoral.

A eso se suma una obsesión con el cumplimiento hacia Bruselas que no es solo coyuntural. Tiene raíces profundas: el felipismo, la modernidad entendida como europeización, la convicción de que la respetabilidad fiscal es condición previa para cualquier política social. No es un rasgo exclusivamente español. Lo hemos visto también en los demócratas norteamericanos, capaces de enorgullecerse de cuadrar presupuestos mientras la derecha “despilfarra” en rebajas fiscales a los ricos y gasto militar.

Sería injusto, sin embargo, ignorar que esa probidad fiscal (primero con Calviño y ahora con Carlos Cuerpo) ha sido un tándem indispensable para avances sociales muy concretos. No por casualidad, Cuerpo aparece hoy entre los ministros mejor valorados. El mensaje del PSOE es claro: frente al caos y la austeridad de la derecha, un gobierno eficaz puede elevar tímidamente el nivel de vida, crecer y redistribuir un poco, sin alterar las reglas fundamentales del mercado.

Es una propuesta de estabilidad con mejoras incrementales.

¿Y qué le queda a la izquierda?

Por un lado, la división tras la huida en solitario de Podemos la ha dejado con una respuesta casi monocorde: lamentar que el gobierno es “de derechas”, “de la guerra”, hasta el punto de no poder ni siquiera reclamar como propios hitos logrados cuando Montero y Belarra se sentaban en el Consejo de Ministros.

Por otro, el resto del espacio oscila entre una celebración tímida de los buenos datos y la réplica casi reflejo de exigir “más acción”, en una especie de eco permanente de Podemos.

Pero ninguna de esas posiciones construye una narrativa mayor. Ninguna proyecta un triunfo hacia el futuro.

Y, sin embargo, ese triunfo (parcial) existe. Solo que hay que saber nombrarlo.

Para entenderlo, quizá conviene recordar más la persistencia de los Cuerpo y menos a los Sánchez del PSOE. El liderazgo actual del partido socialista es una anomalía histórica. Parafraseando a Thatcher sobre Blair y el Nuevo Laborismo, quizá el mayor logro de Podemos haya sido Pedro Sánchez.

¿En qué se traduce en el terreno económico? Si hay una victoria de largo plazo del 15M y de los movimientos antiausteridad, que nadie reclama, es haber derribado dos dogmas profundamente perniciosos.

El primer dogma: que la inversión social es un gasto improductivo. Hoy sabemos (y lo muestran políticas concretas) que redunda en mayor crecimiento económico. El plan de choque en dependencia es un ejemplo claro: mejora el bienestar, crea empleo y dinamiza sectores enteros. Es un camino que continúa esta legislatura con la financiación adicional para afectados por ELA y situaciones asimilables, y para la adaptación del sistema de dependencia. Es decir, no es una intuición ideológica: es evidencia de política pública.

El segundo dogma: que la vía española al crecimiento pasa por la devaluación interna, por la bajada salarial. La experiencia reciente demuestra lo contrario. Reforzar la posición del trabajo en el proceso productivo aumenta el consumo interno, sostiene la demanda y estimula la inversión. Sobre todo, si se acompaña de la reducción de otros costes estructurales: la energía mediante la revolución verde, la productividad con inversión en transformación estructural, el transporte con planificación pública. Y la intervención en vivienda, que algún día tiene que llegar.

Este argumento (inversión pública + mejora posición del trabajo = crecimiento y empleo) siempre vino del lado izquierdo del tablero. El PSOE nunca lo ha asumido del todo como propio. En 2011, la izquierda estaba sola argumentando una y otra vez que la austeridad no era necesaria; que fracasaría en sus propios términos. Que la forma de garantizar prosperidad a la clase trabajadora, al tiempo que se reducía la deuda pública y se lograba crecimiento sostenido, era con un Estado robusto y reforzado.

Por eso lo que estamos viendo es algo más que una buena coyuntura económica. Es una demostración práctica de que la concepción de la izquierda a comienzos del siglo XXI era, en lo esencial, correcta. No hay mucha diferencia entre lo que proponía Varoufakis en 2015 para la Europa del Sur, y lo que acabó aceptando Merkel en 2020 como plan Next Generation para la recuperación post pandémica.

Y de ahí se desprende algo crucial: que propuestas como una intervención decidida en vivienda para desmontar el rentismo y promover una economía productiva, o una prestación universal por crianza para reducir las bolsas de pobreza y los costes sociales de la pobreza infantil, no son ocurrencias maximalistas. Son el siguiente horizonte lógico del desarrollo social en España.

Aquí es donde la historia puede ayudarnos a tomar perspectiva.

Christopher Clark, en su libro sobre la revolución de 1848, cuenta cómo aquella Primavera de los Pueblos fue vivida en su momento como un fracaso. Las insurrecciones fueron derrotadas, los viejos poderes se recompusieron, y la reacción pareció imponerse.

Pero Clark muestra algo más interesante: la segunda mitad del siglo XIX quedó impregnada de prácticas y conceptos prefigurados en 1848. El socialismo pasó a ser un actor político legítimo y con aspiración de gobierno. Se consolidó la idea de un Estado social y previsor. Avanzó la democratización de la vida pública y el laicismo con derechos para todos los grupos sociales. Se abolieron derechos señoriales. Emergió la noción de una política industrial activa liderada por el Estado.

La revolución no triunfó en el corto plazo. Pero dejó un poso histórico que reorganizó el futuro.

Con el 15M ocurre algo parecido. No “fracasó”. Dejó una herencia: el problema es que hoy esa herencia está quedando huérfana de relato.

La discusión no debería ser entre limitarse a mantener un Estado social de gasto contenido (como propone el PSOE), o negar los logros para las clases trabajadoras (como hacen Podemos y, desde otro lugar, la derecha). La tarea estratégica es otra: emplear estas victorias históricas de las ideas como palanca para el próximo gran hito.

¿Y cuál es ese hito?

Reducir el peso que tiene en tu vida la familia en la que naces. Reducir la dependencia de si tienes acceso a propiedad o no. Combatir las nuevas oligarquías. Ir más allá del Estado del bienestar clásico, hacia una sociedad donde las oportunidades vitales estén mucho menos determinadas de partida.

Eso exige vivienda desmercantilizada, políticas de crianza universales, servicios públicos robustos, planificación verde y digital sostenida, y una confrontación abierta con el rentismo y las concentraciones de poder económico.

No es solo proteger lo conquistado. Es usarlo como trampolín.

La paradoja es que hoy el progresismo gobierna con indicadores macroeconómicos favorables, con avances sociales reales y con un marco europeo más flexible que hace una década. Y, aun así, parece incapaz de contar su propia historia.

La rica herencia está sobre la mesa. Lo que falta es una izquierda capaz de reclamarla, ordenarla en un relato coherente y convertirla en horizonte.

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