
Este formato empieza admitiendo un fracaso: las entradas trabajadas, de mayor extensión, son incompatibles con el ritmo laboral si uno no vive de la escritura. No quiere decir que algo más corto no quite tiempo. Pero buscar una fórmula que permita escribir breve y más a menudo, además de hacer la necesidad virtud, responde a otra hipótesis. Que el principal punto débil de la izquierda en España en 2026 es su relativa ausencia en debates clave. Sí, perviven automatismos que los periodistas colocan en sus piezas y los ciudadanos esperan escuchar casi en piloto automático: OTAN no, nacionalización sí, etc. Pero no podemos hablar de un auténtico debate que se mueva en coordenadas dictadas por la izquierda y sus prioridades.
Más bien, como apuntan ya muchos, la izquierda está en una fase reactiva donde se busca enmendar y responder a una derecha que avanza sin complejos sus ideas y (globalmente vía Trump) su programa. Por eso, más allá bromear sobre la proliferación de podcasts y newsletters entre hombres de izquierda, quizá aquí la cantidad sí sea una cualidad en sí misma. De hecho, el chiste tiene mucho de verdad porque faltan muchísimas voces que no son “liberados” con trabajo intelectual, político o institucional: trabajadoras de empleos terciarios, simpatizantes sin referentes, viejos y nuevos migrantes… Esto es verdad, el perfil del que escribe aparentemente ofrece más de lo mismo.
¿A qué podríamos aspirar con un diario así? Lo que ya vemos en otros países y en algunos rincones del nuestro: que animemos con nuestra aportación a que otros, con experiencias diversas e incluso barreras para expresarse, se atrevan a dar el paso. Escribir ayuda a reflexionar al medio y largo plazo, contrastar propuestas y testear hipótesis.
Si bien la reflexión escrita puede estar en declive, el futuro político de las letras está asegurado por su vinculación a sostener vídeo y audio. Ya sean vídeos de apenas unos segundos o podcasts de varias horas, el formato preeminente de nuestro tiempo es el audiovisual en YouTube, TikTok, Reels y sus semejantes. El audiovisual no sustituye al texto, sino que lo necesita: guionizar un vídeo o preparar un podcast exige claridad, estructura y profundidad. Y si conseguimos que más voces se sumen, no solo enriqueceremos el debate, sino que también construiremos una cultura política más inclusiva, popular y sostenida en el tiempo.
¿Por qué llamar esta serie “contra la marea”? Contra la marea, against the tide, es el título de los diarios de Tony Benn entre 1973 y 1976 y también del documental del mismo nombre. En ellos observó el lento pero seguro giro a la derecha de la sociedad británica desde el gobierno laborista que intentó lidiar con las crisis económicas y geopolíticas de los 70. Y también su planteamiento de una estrategia política y económica alternativa al desastre Thatcheriano.
Es justo en este momento en el que se encuentra la izquierda española y de gran parte de occidente. De hecho, 2026 empieza con la amenaza geopolítica de alto nivel de Trump, que parece imparable (Venezuela, Groenlandia…). Sin desmerecer a Lula y Sheinbaum, es otro tide, la pink tide latinoamericana o marea “rosa”, la que parece que Trump finiquita. Lo que venga este año y los siguientes depende en gran medida de la respuesta que el mundo dé a lo que el gobierno norteamericano perseguirá en los distintos teatros internacionales.
Para la izquierda dentro y fuera del gobierno en España, un momento así es contradictorio. Por un lado, Trump es el mejor enemigo de las fuerzas reaccionarias europeas, actuando como espejo de un futuro de caos e incertidumbre si Abascal o Le Pen consiguen su objetivo. Ya sean marxistas, anarquistas, ecologistas, feministas… la izquierda lleva décadas explicando los riesgos de que la riqueza se acumule en pocas manos, el orden internacional dependa de Washington, y nuestra existencia de la extracción de combustibles fósiles.
Por otro lado, es justo en este escenario internacional donde el PSOE de Pedro Sánchez sabe cómo brillar. La política exterior se convierte en el refugio del socio mayoritario, un terreno donde la gestión de crisis y la interlocución europea permiten proyectar una imagen de solvencia que desdibuja a sus aliados. Sin embargo, es precisamente bajo este brillo donde se esconden las dudas de una izquierda que encara un 2026 extremadamente difícil. La fragmentación interna, lejos de amainar, se ha cronificado, y la cercanía de unas elecciones autonómicas críticas amenaza con convertirse en una lucha por la supervivencia.
En este contexto, el reto de la izquierda no es solo resistir, sino marcar distancias en los huecos donde el PSOE, por su propia naturaleza, no se atreve a entrar. El primero es, sin duda, la vivienda. Mientras el Gobierno se limita a medidas paliativas que no alteran el mercado, la izquierda debe ser capaz de plantear una intervención directa que rompa la reticencia socialista a tocar la acumulación de rentas. No se trata solo de construir, sino de sacar la vivienda del mercado (desmercantilizar) para que sea un derecho y no un negocio.
En segundo lugar, la batalla por la Prestación Universal por Crianza (PUC). Aquí la brecha es conceptual: frente al “focalismo” del PSOE clásico (que busca limitar las ayudas sociales al máximo con burocracia y barreras), la izquierda debe defender un universalismo que ensanche el Estado del bienestar. Como hemos visto en las propuestas de 100, 150 o 200 euros, la PUC no es solo una medida económica contra la pobreza infantil, es una herramienta de ciudadanía que el PSOE rechaza para no comprometer su relación con la ortodoxia fiscal.
Finalmente, el desafío es articular un programa transversal que sepa leer el “caos Trump” no solo como una amenaza externa, sino como el síntoma de una degradación democrática que también nos toca. El avance de las fuerzas reaccionarias no se frena solo con retórica antifascista, sino limitando el poder real de las nuevas oligarquías. Es ahí, en el control del oligopolio energético, en la soberanía frente a los gigantes digitales y en la firmeza ante una banca con beneficios récord, donde la izquierda puede demostrar que tiene un proyecto de país propio. Contra la marea, el objetivo para lo que queda de 2026 es claro: demostrar que la democracia solo es sostenible si es capaz de disciplinar a quienes hoy se creen por encima de ella.
Empezamos, esperando que no sea el único diario que se abra hoy.